La imaginación del miope

Tengo una hipótesis que tal vez suene absurda desde el punto de vista científico pero poéticamente viable.

Soy miope de nacimiento y por herencia. Al cumplir los nueve años los constantes dolores de cabeza permitieron el diagnóstico y, testaruda como siempre he sido, me negué por años a usar los lentes de corrección hasta el día que reprobé el primer cálculo universitario. Solo entonces entendí que jamás lograría visualizar los lejanos pizarrones de los auditorios para clases magistrales. Para esa época ya la miopía era enorme. Tras años de usar lentes, esa tortura que enrojecía mi tabique nasal, opté por los de contacto a los cuales soporté al límite. Sintiendo el desierto del Sahara entero dentro de mis ojos y coincidiendo históricamente con la posibilidad de recurrir al láser, no lo dude ni un segundo y así fue como la ciencia me devolvió la vista.
Ya pasaron muchos años, más de los que quisiera y si bien la miopía retrasó la llegada de la presbicia, debo confesar que soy bastante disminuida visualmente.
No obstante, y de allí nace mi planteamiento: Los miopes, en compensación a su carencia visual, desarrollan más los otros sentidos corporales y poseen un extraordinario poder imaginativo.

Sucedió hace una semana que, asomada por la ventana, visualicé tres hermosas frutas en un árbol no tan lejano. Fui decidida a saborear lo que aseguraba eran unas mandarinas. Para llegar a ellas debía trepar un muro de unos 120 centímetros de alto y luego una reja que, por mi altura, calculé sería suficiente para alcanzar las anheladas frutas.
Brinqué al muro cual karateca con los dos pies en un solo impulso y una vez parada en el borde comenzaron a transcurrir los más extensos 5 segundos de mi vida. Perdí el equilibrio y mi cuerpo vencido por la gravedad empezó a caer de espaldas. Temiendo hacerme un daño mayor opté por girar mi torso hacia un arbusto vociferando: ME CAIGO...ME CAIGO!
La caída parecía un movimiento en "slow motion". Sentí como me iba hundiendo lentamente en aquel matorral que rasguñaba cada milímetro de mi piel. Mientras, me puse a pensar:

no debo quebrarme ni un hueso porque no podré ir al gimnasio en mucho tiempo...
mañana tengo la fiesta del año y debo estar bien...
mi cara, mi cara! que no se rasguñe...
OH Dios! estoy en falda, me van a ver hasta el alma...

Finalmente aterricé en el suelo de espalda y con las piernas para arriba y gritando: ME CAÍ....ME CAÍ! 
Hice un chequeo meticuloso de cada uno de mis huesos y me levanté como si nada. Miré nuevamente las frutas, volví a subir y cuando las tuve cerca de mi vista comprobé que eran tres tristes limoncitos.

Mi carcajada retumbó en el jardín y me preocupé al pensar cuántas cosas que he mirado de lejos, embelesada y con deseo, no habrán sido sino un simple producto de la imaginación...al menos habrán servido de inspiración.

Intensa para su Chocolate Oscuro.
Fotografía de Intensa: tres tristes limoncitos

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