Demonios


   


Suele venir y quedarse horas mirando ese paisaje donde nunca ocurre nada pero nunca nada es igual.

Ese atardecer rojo, encendido a llamas de fuego, es el que inevitablemente la hace llorar, por la alegría de su belleza, por la pasión que le arroja al rostro descaradamente, por la ira que le produce lo efímero de su presencia, por la tristeza de verlo partir. Es su demonio, el único que la ha hecho sentir de esa manera tan irracional, donde lo dulce y lo amargo se conjugan en una mezcla explosiva de amor profundo, de sensibilidad extrema, de intensa admiración y respeto. Hizo de todo por controlarlo y a pesar de la costra en el corazón le invade la nostalgia. Lo evita, por coqueta, pero llora y después se arrepiente ya que nunca sirvió para nada, solo para arrugar la piel de sus ojos y dibujarle lentamente la infelicidad en la cara. Ella eso jamás lo va a permitir.

Hoy ha vuelto a pararse allí y lo enfrentó sin derramar una puta lágrima. Se han visto frente a frente. Las palabras han sido breves. Sinceros y honestos se han desnudado. Ella admitió su entera culpa. Él confesó que también llora por ella y la ha hecho sentir endemoniada.
Ambos saben muy bien lo que son y se han saboreado otra vez y eso fue todo.
De ahí hasta el nuevamente, sin entender, sin preguntar. Así quedan los demonios.

Intensa.

Comentarios

Entradas populares de este blog

MASTERS. El Pabellón de Barcelona de Mies Van der Rohe

MASTERS. La Villa Savoye de Le Corbusier

Archipiélago de Los Roques en Venezuela